
Hoy se cumplen diez años del asesinato de José Luis Cabezas. En cualquier país normal, los asesinos seguirían presos, la sociedad tendría más que presente lo que pasó con él y la familia de Cabezas tendría, al menos, algún consuelo.
Pero José Luis Cabezas vivió y murió en Argentina. Donde los asesinos conviven con las víctimas en la calle, y nadie les conoce las caras. En donde las complicidades del poder hacen que los dueños de Argentina sean quienes más cerca están de la mugre y del horror, y sin embargo son llamados señores, comen en Puerto Madero, tienen sus mansiones en Martínez y ponen cara de asco al ver a los cartoneros, como si el mirarlos acercara la posibilidad de saber qué les pasa.
Esta Argentina que tenemos devoró a Cabezas y a todos quienes creyeron o creen que este país es para todos y no para unos pocos.
La foto de Cabezas fue demasiado para un país en el que la retención de dinero moviliza a la calle a la gente pero en donde el hambre de la mitad del país pasa de largo.
Este país --que alguna vez María Elena Walsh-- describió como "el del Nomeacuerdo" empeoró, ahora no es que no se acuerda, sino que ni siquiera le importa.
La viudad de Cabezas vive --expulsada por la injusticia-- en España.
Ríos, y quienes dispararon, incendiaron a Cabezas y mandaron un mensaje de impunidad total a la sociedad, están en sus casas tomando mate, libres por buena conducta. Da asco.
La argentinidad al palo.
Los que a pesar de todo, creemos que algún día la tortilla se dará vuelta, no nos olvidamos de Cabezas.
No comments:
Post a Comment